SILOÉ
Giovanna Rojas Ulloa (21 años, Estudiante de Ciencias de la Comunicación – USMP).-
“…la experiencia de servir, es en mi vida cada día un motivo de despliegue, y una forma concreta de demostrar cuánto puedo amar.”
Comencé hace poco tiempo, como voluntaria en el Hospital del Niño, conocía la realidad del lugar, de los pacientes, pero nunca había pensado en acercarme un poco más a ellos, y darles por entero mi corazón. Quién no se enternece ante la sonrisa de un niño, ante la alegría después de un llanto, ante un pequeño y a la vez maravilloso beso como muestra de agradecimiento, eso es algo grande, y no sólo porque lo recibo, sino, porque día a día voy descubriendo que en esos pequeños y débiles corazones está algo que me llena, que da respuestas a lo que siempre busqué, darme a los demás.
Hace unos meses, el testimonio de unos amigos de colegio, quienes son voluntarios también, me cuestionó y así un día decidí acompañarlos y compartir esta linda experiencia, de la cual no me arrepiento, pues lo que vivo es algo que no se compara en nada, en cada niño, en cada rostro sufriente, veo al mismo Señor Jesús quién me invita a servirlo, a cuidarlo, a acompañarlo en medio de mis limitaciones, pero a pesar de ellas, descubro que ese es mi camino hacia la felicidad y comprendo que lo me pasa es insignificante a lado de lo que esos niños padecen, que cada problema mío no se compara por ningún lado a sus problemas. Todo esto me da fortaleza para asumir el dolor, con más esperanza, ánimo y entusiasmo, porque la experiencia de servir, es en mi vida cada día un motivo de despliegue, y una forma concreta de demostrar cuánto puedo amar.
Ahora mi voluntariado lo comparto y vivo de forma cotidiana, como estudiante de comunicaciones, me he propuesto promocionar y dar testimonio desde todos los ámbitos en los que me muevo y así llevarles cada semana a esos niños, la alegría de compartir con esperanza un mundo mejor.
Ricardo Parra.- (20 años – Estudiante de Educación, UDEP)
“…la dinámica que implica vivir el dolor, es para mí un camino de Santidad y de adhesión con el Señor…”
Cada domingo, las visitas al Hospital del Niño son algo más que una simple ayuda social. En aquellos niños, los cuales por diversos motivos sufren enfermedades y dolencias, encuentro el rostro del mismo Cristo sufriente. Quien me invita a darme por entero, llevando un poco de esperanza, alegría y hacer concreto el amor que siento por mis hermanos más necesitados.
Hoy, me pregunto ¿cómo es que llegué a ser voluntario?, y es allí donde descubro la presencia y el llamado del Señor. Pues, literalmente en ese momento creía que era de casualidad, pero confirmo, que era Él mismo quién me traía hasta aquí. Nunca había imaginado vivir en un lugar así, cercano al dolor y al sufrimiento pero, esta cercanía era en mí una dinámica de despliegue, de encuentro y conversión.
Cada día, cada instancia que tengo en el Hospital me forma y forja en mi vida cristiana, las experiencias son múltiples, pero lo importante es descubrir que en ese tiempo de compartir con los niños está presente el mismo Señor, tanto en ellos como con sus padres, quienes a veces se cuestionan porqué el Plan de Dios, los trajo hasta este momento, de igual manera con los médicos y el personal de salud, quienes al ver la presencia de adolescentes y jóvenes, buscan descubrir que nos mueve a servir de esta manera, sin comprender que es la misma vocación de servicio y amor que ellos viven.
Es difícil, afrontar una enfermedad, y más aun si está lleva dolor, sufrimiento y abandono, esas son las vivencias que algunos niños llevan en el pabellón de quemados, al cuál yo visito. Pero en el fondo, a pesar de esas limitaciones, de esas carencias, estos pequeños angelitos, desde su estado, dan más de lo que tienen, una sonrisa, su valentía ante el dolor, su escucha atenta y mirada tierna, me conmueven y alientan a seguir adelante ante mis fragilidades. Definitivamente, no les voy a negar que el primer día tenía un poco de miedo, al enfrentar una situación como la de acompañar a un enfermo, estar en su dolor y ver sus heridas. Pero cuando uno tiene Amor, todo se puede y nada teme.
Ahora, comprendo y acojo la dinámica que implica vivir el dolor, y de alguna manera significa para mí un camino de Santidad y de adhesión con el Señor, porque es el único que da esperanza y alivio ante tal carga. En esta entrega, he aprendido no sólo a valorar todo lo que tengo sino también, a compartir mi experiencia de fe, de alegría y de conversión con aquellos corazones tan necesitados de amor.
La experiencia es única e increíble, es donarse y darse por entero a aquel quien clama por compañía, es vencer los miedos y descubrir que hemos sidos llamados para algo maravilloso, para el Amor. |